Cementerio de Totana


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Evolución de los Enterramientos en Totana

Espacios de enterramiento en la villa de Totana anteriores a 1885

Las primeras iniciativas urbanas de Totana en los siglos XV y XVI se ocuparon no sólo de levantar construcciones en las que acoger a la población que se iba asentando en ella sino también de crear edificios religiosos en donde celebrar los actos litúrgicos y sacramentales, a la vez que de disponer de espacio para dar sepultura a los vecinos que fallecían.

El deseo de enterrarse en lugares sagrados, cerca de altares y capillas, favoreció que el templo de Santiago fuese el ámbito preferido por los totaneros para depositar a sus difuntos, en el deseo de mandar el «cuerpo a la tierra de la que fue formado» y en espera de la resurrección del último día. Por ese motivo, desde su construcción en el siglo XVI hasta los primeros años del XIX, este templo sirvió de sepulcro para multitud de vecinos, pero también para otros que, por diversas razones, fallecieron en su término. Igualmente, aunque con menor demanda, nuestros antepasados se sepultaron en el convento de San Buenaventura, sin olvidar aquellos otros que, disponiendo de escasos recursos (pobres de solemnidad, ingresados en el hospital de la Purísima, transeúntes, extranjeros, etcétera), gracias a la caridad pública, reposaron en las inmediaciones del antiguo Hospital de la villa (actual entorno de la capilla de La Milagrosa).
Parroquia de SantiagoParroquia de Santiago2
Esta arraigada costumbre comenzó a cambiar a partir de que el rey Carlos III decretara en 1787, el establecimiento de camposantos fuera de las poblaciones a fin de eliminar focos de infección y evitar brotes epidémicos. Sin embargo, estas medidas encaminadas a alejar las zonas de inhumación de los núcleos de población, tardaron en aplicarse en Totana. Fue, después de experimentar las graves consecuencias de las epidemias que castigaron a la población en los albores del siglo XIX, sobre todo la terrible plaga de fiebre amarilla de 1811-1812, cuando las autoridades locales se vieron obligadas a buscar lugares de enterramiento alejados de la villa.

Uno de los primeros terrenos en donde se ubicó el cementerio fue en el llamado Bancal de los Muertos, en el entorno de Las Piezas Viejas; un área rural, en la ruta de salida hacia Lorca, cerca de donde se situó La Cuarentena, recinto destinado a acoger a los que llegaban a Totana en periodos de epidemias a fin de que guardasen los días de aislamiento prescriptivos antes de poder introducirse en la localidad y de este modo, asegurar que no sufrían ningún tipo de enfermedad infecto-contagiosa.
Capilla de La MilagrosaEdificio de la Carcel
En el Otoño de 1804 Totana había vivido el azote de la fiebre amarilla. Una crisis que se extendió por Andalucía y el litoral Mediterráneo y que afectó a nuestra ciudad causando importantes estragos, hasta el punto de sufrir un incremento del 50% en el número de fallecidos, con respecto a años precedentes. Esta experiencia obligó a las autoridades locales a poner freno al foco de contagio que suponía la existencia de lugares de enterramiento dentro del núcleo urbano. Pero, además, en abril de ese mismo año, habían recibido mandato expreso del monarca instando a formar «cementerios fuera de poblado para evitar las enfermedades, y todo motivo de corrupción a los pueblos». La firmeza de esta disposición movió al Ayuntamiento a designar una comisión encargada de localizar el sitio más oportuno para su cumplimiento y también para encontrar el modo de financiarlo, considerando el Consejo la necesidad de que los vecinos contribuyesen a la conducción de materiales. Pese a todo no hay constancia de que la propuesta viese la luz.

Diligencia noviembre 1811

Diligencia en la que consta el inicio de los enterramientos en el cementerio de Las Ramblicas en noviembre de 1811. Aunque en el texto aparece varias veces el año 1912, es indudable que se trata de un error del escribano. En él se puede leer: «En septiembre de 1811 se desarrolló la epidemia y se enterró extramuros. El cementerio se hizo en las Ramblicas en 1912. En 1º de noviembre de 1912 se enterró en el cementerio».

Ermita de San JoseUn nuevo impulso se produjo en 1806. Ese año el administrador de la Encomienda y apoderado de S.M. la Reina de Etruria, presentó al Ayuntamiento «un plano del sitio y obra que debe ocupar y formarse el camposanto para sepultura de cadáveres, colocado en la inmediación de la ermita de San José», según la regulación hecha por el arquitecto e ingeniero militar, Juan Cayetano Morata.

A pesar de la buena acogida con la que el Concejo recibió la propuesta y de la aportación de fondos por parte de la fábrica de Santiago, de la Encomienda Santiaguista y de comisionar el Ayuntamiento regidor encargado para que el vecindario contribuyese con «la cantidad de ocho mil reales que por su tercera parte le corresponde», mediante el oportuno repartimiento, el proyecto no se llevó a cabo. Es muy probable que la negativa coyuntura económica del momento, aparcase la iniciativa, pero además, y según nos relata el historiador local, Munuera y Abadía, el paraje no reunía las condiciones apropiadas, pues estaba muy próximo a la población y en invierno son muy frecuentes los vientos del Oeste, a cuya orientación está situada la ermita de San José y estos podrían infectar a los vecinos. Por otra parte, Moreno Atance ha señalado que el proyecto de Cayetano Morata, presupuestado en 19.896 reales, «debió de tratarse de una obra interesante, de lenguaje clasicista en la misma línea que la proyectada para Cieza en 1805, sin excesivos alardes pero trabajada con dignidad, como marcaban las ordenanzas. Se trataba de una obra planificada con deseos de modernización».

Posteriormente, después de sufrir Totana las graves consecuencias de la epidemia de 1811-1812, en la que tan sólo en el último trimestre de 1811 perecieron en la villa 1.500 personas, cinco veces más que en un año sin incidencia de infecciones, las autoridades locales decidieron proceder en noviembre de 1812, a la apertura del cementerio de Las Ramblicas. Este terreno sagrado permitió los enterramientos de la villa, hasta que en 1885 se inauguró el actual de Nuestra Señora del Carmen, construido según las directrices del arquitecto diocesano Justo Millán Espinosa. A partir de entonces este espacio sufrió un progresivo deterioro, pues a pesar que de él se habían trasladado un importante números de restos de fallecidos, todavía seguían conservándose en su suelo enterramientos, por lo que se denunció en diversas ocasiones la situación de abandono en el que se encontraba, con sus tapias derribadas, entrando incluso a pastar los ganados y sucediéndose profanaciones . Una realidad que se prolongó a lo largo de los años pues todavía en 1933 se condenaban los abusos cometidos en su entorno. En 1976 se actuó sobre este espacio, acondicionando su cerca y ajardinando los espacios adyacentes. Posteriormente y, según proyecto redactado en 1976, se levantó en él una escuela infantil con capacidad para 200 niños. Diversas circunstancias obligaron a su derribo. En la actualidad, según recoge el Inventario de Bienes Patrimoniales del Ayuntamiento de Totana, este solar está integrado en el recinto ferial de la ciudad.
Panteon de los Clerigos
El primitivo camposanto de Las Ramblicas debió de tener un trazado bastante sencillo, en el que, al parecer, no se llegó a edificar capilla, a pesar de que en 1813 se planificó su ejecución, alentados por las instrucciones de la Junta de Sanidad Provincial que recomendaba «que los cadáveres se extraigan inmediatamente de la población, que sólo puedan permanecer algún tiempo depositados en los cementerios y que no puedan exponerlos en las iglesias o templos que están dentro del poblado». Munuera y Abadía, corrobora la inexistencia de dicha capilla, al señalar que en él tan sólo podría desempeñar esta función un «local cubierto en que se enterraba a los sacerdotes y hermanos de San Pedro».



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